El escritor Julio Llamazares presenta en su nueva obra ‘El viaje de mi padre’ la experiencia de su progenitor durante la Guerra Civil y su paso por la Sierra Espadán.
Cuando se inició el conflicto, tenía 16 años y un hermano, que ya estaba militarizado. Se les dijo que los iban a movilizar porque estaban muriendo soldados y los reponían con otros más jóvenes. Que se presentaran como voluntarios y así podían elegir destino y no ir a Infantería a saltar trincheras, ser carne de cañón y morir casi seguro. Como tenían el Bachillerato e iban a empezar a estudiar Magisterio, eligieron Transmisiones que era un destino mucho más seguro porque los de la radio van al lado del general o coronel o el que sea. Ambos llevaban una radio de esas militares italianas del siglo pasado, uno la llevaba a cuestas y el otro hablaba siguiendo las instrucciones del mando al que acompañaban. Pero pese a todo, aquella experiencia bélica le marcó y siempre tuvo una herida moral, emocional que compartía con muchas personas, del bando que fueran. De hecho, el libro está dedicado expresamente a los que perdieron la Guerra Civil española de uno y otro bando. A los que pierden todas las guerras porque hay una idea falsa de que hay un bando que gana y otro que la pierde. En realidad, la pierden todos los que participan en ella y sobre todo los que van obligados y sin ningún deseo de participar. Y las ganan solo los que las provocan o se benefician de ellas.
Las conversaciones con Saturnino, sirvieron para dar contexto y enmarcar los lugares de la narración. Aquel encuentro removió muchos recuerdos. Su padre ya había muerto, pero Saturnino le sobrevivió 20 años, y murió hace once con 95 años. Gracias a él, el autor pudo grabar algunas cosas referidas a los lugares por los que pasaron y anécdotas que quedaban difusas en su recuerdo. Y es que a una guerra no se va con una libreta, un plano y un GPS para luego recordar qué haces o por donde pasas, sino que lo haces campo a través, en medio del bombardeo y la artillería enemiga y bastante hacían con salvar el pellejo. Le dio pistas sobre la batalla de Teruel y también del viaje desde Zaragoza a Castellón en lo que se llamó la ofensiva de Levante. Hasta Teruel fueron en trenes que ya no existen pero se sabe por dónde iban y lo pudo comprobar, pero de Zaragoza a la Sierra de Espadán fue más complicado aunque lo hicieron por Morella, San Mateo, y por el Grao de Castellón, donde ambos descubrieron el mar por primera vez tras atravesar toda la península y tenerlo a cien kilómetros de sus aldeas en León o en la vecina Asturias. Pero entonces la gente no viajaba, no iban a bañarse. Tampoco estaba como ahora, con la gente comiendo paella en la playa o los yates que atracan en el Grao, o los barcos en la zona portuaria, sino que la vieron llena de barcos hundidos y cadáveres. También recuerdan como una maldición la Sierra de Espadán porque fue el lugar donde más cerca estuvieron de morir. En el libro se explica con más detalle el tramo entre Onda y Segorbe al atardecer, por aquellos barrancos y montes inhóspitos sin ver a nadie, y en medio de una batalla que fue terrible en julio de 1938 con mucho calor.
El viaje tiene dos contrastes: Por un lado el sufrido en Teruel, cuando se disputó la batalla más dura de la Guerra Civil por las circunstancias climatológicas, del que está considerado el peor invierno del siglo XX con temperaturas de 22 grados bajo cero. Hay que imaginar esa temperatura en las trincheras, con la ropa mojada de madrugada. De hecho, un tercio de los 40.000 muertos en la batalla de Teruel murieron congelados o por amputaciones. Los famosos mutilados de guerra que se veían en la posguerra eran de aquella batalla por la metralla o por el frío. Sin embargo en Castellón, durante la batalla de la Sierra de Espadán, fue todo lo contrario. Los republicanos la habían fortificado muchísimo porque era la última barrera natural antes de que las tropas franquistas llegaran a Valencia donde estaba el gobierno. La batalla fue muy feroz, con temperaturas de 40 grados.
En esos días murieron casi todos los compañeros de batallón y ellos se libraron por una argucia que se narra en sus páginas. Nadie ha confesado quién la llevó a cabo, porque de haberla descubierto el superior les habría costado el fusilamiento inmediato. Eran antihéroes, como la mayor parte de gente que participó en la guerra y lo único que querían era salvar la vida y no salvar la patria ni los intereses de tal oligopolio. Era gente que fue llevada a la guerra como los animales al matadero.
La guerra es el telón de fondo y el leitmotiv del libro, pero en realidad la obra es un libro de viajes, con dos viajes superpuestos. Uno a la memoria de su padre y de aquella gente a la que le tocó luchar en ella; y luego otro en el presente, el que el autor ha hecho por los mismos caminos, los mismos campos de batalla. Es el diálogo entre esos dos viajes, entre la memoria del pasado y el presente. Es un libro de viajes pero en el que la parte sentimental y de memoria
tiene mucho más peso que el entorno, porque el objetivo es buscar en los paisajes la
memoria de los hechos que sucedieron en ellos hace ya casi un siglo.
Se pasa por Cuevas de Vinromà y se cuenta que ya no está derruido el pueblo sino repleto de carteles contra una planta fotovoltaica. O se llega a Castellón y se describen las calles actuales, el contraste entre la guerra y la paz, el pasado y el presente. Aunque la Guerra Civil, que finalizó hace casi un siglo, parece que siga bien presente por las circunstancias que les tocó vivir a aquella sociedad en una larguísima posguerra, impuesta por la dictadura en la que se obligó a metabolizar el miedo en silencio. Estas y otras serie de circunstancias ha llevado a que España no haya normalizado su historia reciente como sí han logrado hacer otros países de Europa con guerras más terribles o tan terribles como la Guerra Civil española. Y eso se nota en el día a día en un debate en el Parlamento, una tertulia en la radio o televisión o los rifirrafes entre los distintos medios de comunicación para entender que la cicatriz de la guerra sigue dividiendo a este país.
El hecho, por ejemplo, de que haya, 90 años después, más de 100.000 muertos fuera del cementerio indica que este país no es normal. Y la envidia que da el ir a Alemania donde en los campos de exterminio, que no de batalla, y veas a los profesores con sus alumnos explicándoles lo que hicieron sus abuelos o bisabuelos no hace tanto tiempo. En España somos incapaces de llegar a un acuerdo de memoria y todavía hay gente que le molesta que una pobre señora quiera sacar los restos de su padre de un campo de patatas o de una cuneta, pues lo consideren revanchismo. La cicatriz de la Guerra Civil sigue presente en esta sociedad, por desgracia, y España sólo será un país normal cuando la memoria se convierta en historia, es decir, cuando la memoria quede destapada y cicatrizada, porque las heridas no se curan tapándolas sino poniéndolas al aire.
España sólo será un país normal cuando los españoles hablemos de la Guerra Civil o de la posguerra y lo hagamos como de la guerra de Filipinas, Cuba o de la Guerra de la Independencia. Cuando la memoria se solidifique, cristalice en historia y sea una historia más de mejor o peor, bastante terrible, pero sea un pasaje más de nuestra historia y no un motivo de enfrentamiento.















